CRÍTICA ABERTZALE DEL PARADIGMA DE LA IZQUIERDA ESPAÑOLA
LIMITES TEÓRICO-POLÍTICOS DE LAS IZQUIERDAS NACIONALISTAS ESPAÑOLAS
4. PARADIGMA TEÓRICO-POLÍTICO DEL NACIONALISMO ESPAÑOL DE IZQUIERDAS.
Desde la segunda mitad de la década de 1961-70 se generalizó la tesis de que la intervención de ETA debilitaba estructuralmente al movimiento obrero tanto en Hego Euskal Herria como en el Estado español. Su "racismo sabiniano" y su pretensión de imponer el euskara a la población castellano parlante, contradecían los principios socialistas. Luego, conforme transcurrían los años y el franquismo se acercaba a su fin, esta tesis adquirió formas diferentes pero su contenido se mantuvo invariable. Desde diversas posturas, frecuentemente contrarias por cuanto se reclamaban de grandes corrientes internacionales entonces opuestas, se sostenía que la intervención de ETA distraía al movimiento obrero de sus objetivos estratégicos, llevándole por caminos típicos del individualismo pequeño burgués nacionalista; se añadía, además, que dividía al movimiento obrero al no mantener el marco estatal de lucha de clases, y se terminaba diciendo que su acción facilitaba las resistencias de los sectores más reaccionarios del franquismo, atemorizando a los "aperturistas" y limitando las posibilidades de avanzar en la aglutinación de "fuerzas democráticas". Durante la llamada "transición" -transición ¿de dónde a dónde?- las críticas se volvieron más agrias y duras, centrándose en la "degeneración terrorista" de ETA y hasta "contrarrevolucionaria", porque cuestionaba de raíz el "avance de la democracia constitucional".
Desde comienzos de la década de 1981-90, aproximadamente, y conforme se confirmaba la derrota estratégica del movimiento obrero, vendido desde dentro por la sucesión sin fin de claudicaciones del PCE-CCOO y del PSOE-UGT y aplastado desde fuera por una burguesía envalentonada precisamente por esas claudicaciones, las cada vez más pequeñas y debilitadas organizaciones situadas a la izquierda de ambos bloques político-sindicales empezaron a señalar a ETA como una de las causantes de la derrota, correspondiendo al PCE y al PSOE la otra responsabilidad. A la vez, ya en Hego Euskal Herria, las organizaciones que habían roto con ETA en la segunda mitad de la década de 1961-70, argumentaron a lo largo de la década de 1981-90 que la acción de ETA debilitaba estructuralmente a los nuevos movimientos sociales y populares, militarizándolos, negando su especificidad concreta, supeditándolos a objetivos ajenos y exteriores, atrayendo sobre ellos la represión policial y atemorizando a los posibles nuevos miembros de estos colectivos.
Más tarde, conforme el Estado español incrementaba su nacionalismo imperialista a comienzos de la década de 1991, según aparecían "casualmente" grupos "pacifistas" de todo pelaje que promovían la "movilización de la sociedad civil contra el terrorismo", y según las organizaciones de izquierda iban enflaqueciendo y envejeciendo en edad, la crítica del efecto dañino del militarismo de ETA sobre los movimientos sociales se fue transformando parcialmente en crítica de ese militarismo en sus efectos sobre la sociedad en general. Por último, durante la breve experiencia del proceso de Lizarra-Garazi, dichos críticos se mostraban eufóricos al estar convencidos de la definitiva desaparición de ETA, pero, al concluir esa experiencia volvieron a exigir el cese de sus actividades.
A lo largo de esta evolución del debate teórico-político se pueden extraer, como mínimo, dos cosas: La primera es que todas estas críticas se mueven siempre dentro de lo que podríamos denominar como "paradigma oficial" de la teoría política estatalista que podemos resumir en tres dogmas: uno, el marco estatal de lucha es el decisivo y estratégico, mientras que los regionales o de las "nacionalidades" son siempre secundarios y tácticos; dos, el "socialismo" sólo puede construirse dentro del marco estatal ya existente, por lo que las "nacionalidades" y regiones deben optar por la unión dentro del Estado, y último, las tácticas de lucha y su interrelación en cada "nacionalidad" deben supeditarse siempre a la unidad estatal del proceso. Es un paradigma oficial que en ningún momento pretende entrar al meollo de la estrategia abertzale tal cual se formó en lo básico entre finales de 1966 y comienzos de 1967, y que podemos resumir muy brevemente en tres diferencias cualitativas con respecto al paradigma oficial estatalista: Uno, Euskal Herria como marco nacional de lucha de liberación nacional y social, como contexto de lucha de clases del pueblo trabajador; para lo que y por lo que, dos, la Independencia, el Socialismo y la Re-euskaldunización constituyen la unidad dialéctica activa en la práctica, y la unidad de objetivos necesarios e irrenunciables; para lo que, y tres, la interrelación de las formas de acción política global es el sistema táctico adecuado según la evolución concreta del proceso de liberación nacional y social.
Las izquierdas españolas en ningún momento han intentado contrastar la experiencia concreta vasca con los principios entonces enunciados. Solamente han criticado a la izquierda abertzale desde los dogmas del paradigma oficial estatalista, ya resumidos antes, lo que es coherente con su creencia nacionalista española de superioridad teórico-política y de obligada centralidad estratégica de todos los procesos de lucha de las naciones oprimidas. Se trata, en realidad, del mismo error profundo cometido por el paradigma político eurocéntrico al negarse a estudiar las luchas revolucionarias de liberación nacional de los pueblos no occidentales, intentando hacerles copiar el modelo eurocéntrico, una obsesión desastrosa e inservible. Incluso cuando las críticas provenían de izquierdas de origen vasco, se hacían desde otros paradigmas esclerotizados, descontextualizados e introducidos a golpe de dogma en la realidad vasca, como es el caso de muchos marxismos-leninismos, maoísmos, trotskismos, etc., cuyo único método de debate y de hacer "teoría" sólo era el recurso a la cita sagrada más oportuna en cada momento en vez de al análisis concreto de la realidad concreta.
De este modo, tanto por la impotencia del paradigma oficial en sus varias corrientes como por el silencio y las mentiras descaradas de la industria político-mediática española, léase "prensa democrática", asistimos a un distanciamiento teórico-político -que es el tema que ahora analizo- entre, por un lado, los logros innegables de la izquierda abertzale y del conjunto de nuestro pueblo a lo largo de estas dos últimas décadas y, por otro, la falsa imagen contraria que tienen buena parte de estas izquierdas, convencidas no sólo de que en el Estado español ETA viene a ser, "salvando las distancias", lo que significa Le Pen en el Estado francés, no sólo que la izquierda abertzale es un movimiento "fascista" y por tal enemigo de toda democracia y del movimiento obrero, sino que además, Batasuna está ya derrotada política y electoralmente, aislada socialmente y enrocada en una defensa numantina y fanática. Según estas críticas, en la izquierda abertzale no existe ninguna autocrítica, ninguna forma de debatir la sucesión de derrotas y retrocesos.
La segunda cosa hay que destacar es que, sin romper con el paradigma oficial, también se aprecia una clara licuación, emblandecimiento y giro hacia el lenguaje más ambiguo e impreciso que se pueda imaginar en las formas más recientes de las críticas, pero, eso sí, reforzando los contenidos represivos, criminalizadores y marginalizadores de la izquierda abertzale. Desde la llegada del PP al gobierno de Madrid muchas izquierdas españolas han degenerado abiertamente y sin pudor alguno en simples grupos de intelectuales orgánicos del Estado español ya desde la perspectiva del PSOE ya desde la del PP, y menos desde la de IU y otras minorías ciertamente reducidas. Expresiones anteriores que todavía conservaban reminiscencias de la existencia objetiva de contradicciones sociales, nacionales, de género, etc., -"burguesía", "clase obrera", "problemas nacionales", "derechos humanos colectivos", "tortura", "capitalismo", "violencia patriarcal", etc.- casi han desaparecido del vocabulario político sustituidas por otras como "agentes sociales", "productores", "democracia española", "individuo", "defensa de la ley", "globalización", "abusos sexuales", etc.
Y esta difuminación de los contenidos, de la riqueza conceptual y de la carga teórica, que se ampara en el abuso facilón del tópico de "pensamiento único" -la realidad es más compleja y peligrosa que eso-, permite al paradigma oficial presentar a cualquier enana agrupación oscura como un "gran movimiento cívico contra la intolerancia abertzale", o multiplicar por diez o por veinte el número de asistentes a los actos y manifestaciones oficiales, o manipular encuestas y sondeos, o tergiversar resultados electorales, o minimizar al extremo las enormes movilizaciones populares vascas en defensa de su identidad más esencial, o silenciar la impresionante riqueza e independencia autoorganizativa y autogestionada de muchos colectivos y movimientos populares, o silenciar la fuerte y estructural presencia del sindicalismo abertzale combativo y luchador, o desconocer la existencia de una ágil y extendida red de sistemas de prensa libre, crítica y autocrítica, capaz de mantener informado verazmente a un pueblo al que le son negados los más elementales derechos de libertad de información, debate y decisión. La izquierda abertzale es la primera y más directamente interesada en reconocer abiertamente sus errores innegables, pero también quiere defender sus logros objetivos y subjetivos. Sabe que le es positiva cualquier comparación con otros procesos de lucha existentes en el Estado español y en muchas partes de Europa.
La nublada y hueca demagogia que caracteriza al paradigma dominante desde 1996, permite al Estado español crear una virtualidad aparentemente real que demostraría justo todo lo contrario de lo que realmente se está produciendo en Hego Euskal Herria. Así, la mayoría popular y social que opta conscientemente por la soberanía, por el derecho de autodeterminación, por la recuperación del euskara, por la vuelta de los prisioneros a su tierra, por la territorialidad nacional vasca, por el respeto de la voluntad democráticamente expresada de nuestro pueblo, etc., así, nada de esto es valorado en su justa y decisiva importancia, excepto por los expertos en contrainsurgencia internacionales y del Estado español. Y menos aún es conocido el avance en la socialización de los principios reivindicados por la izquierda abertzale. Solamente se conoce lo que el Estado dice que existe, aunque no exista. No negamos nuestra responsabilidad en no haber comprendido a tiempo esta nueva manipulación, pero también decimos que no somos los únicos responsables.
Pues bien, estas dos características, a saber, la permanencia del paradigma teórico-polítido oficial y su readecuación desde que el PP llegó al gobierno, aunque ya antes el PSOE comenzó a hacerlo, han evolucionado a la misma velocidad que la de la desintegración de la mayoría de las izquierdas, que nacieron de escisiones de éstas o que se crearon de la nada copiando modelos internacionales. ¿Quiere decir esto que estamos ante el comienzo del fin de esos grupos? En algunos casos sí y en otros no. De hecho, han desaparecido ya la gran mayoría de organizaciones que proliferaron hasta comienzos y mediados de la década de 1981, cuando el famosos "desencanto" les dio la puntilla y justificó que bastantes de antiguos ultraizquierdistas se afiliaran oportunamente al PSOE en ascenso. Ciertamente, sobreviven muy pocos de aquellos grupos, y muchos de los que de alguna manera continúan en la "vida pública" lo hacen dentro de ONGs despolitizadas y convertidas más en refugios de derrotados y negocios de chupópteros que en colectivos de voluntariado social. Otros sobrevivirán porque, de un lado, son funcionales para el capitalismo estatal, como el PSOE e IU, por ejemplo, y, de otro lado, siguen existiendo las contradicciones objetivas, explotaciones e injusticias sociales que fuerzan a la subjetividad obrera y popular a reorganizarse en grupos de izquierda.
Pero una cosa son los vaivenes de estas izquierdas y otra es la pervivencia del paradigma estatalista que de un modo u otro se mantiene desde finales del siglo XIX, cuando el grueso del primer movimiento obrero organizado alrededor del PSOE asumió el marco estatal, cuando el anarquismo ibérico no planteó ninguna crítica rigurosa del nacionalismo españolista y de la opresión de los pueblos dentro del Estado, y que, por no extendernos, luego fue reforzado por el PCE desde su misma aparición. Este paradigma seguirá existiendo porque corresponde a una necesidad del propio capitalismo español, feliz por disponer de dos grandes bloques ideológicos justificadores de su nacionalismo imperialista como son, uno, el suyo propio, el de las derechas que confluyen periódicamente en grandes partidos al estilo de la CEDA, del franquismo, de la UCD, o del PP, y otro el autodefinido como "progresista", "democrático", o "de izquierdas" y que en los momentos de crisis de la unidad nacional española siempre corre en ayuda del primero. Según la intensidad de esta crisis y sus formas concretas de plasmación, ambos paradigmas estatalistas se relacionan y hasta negocian entre sí para ofrecer una propuesta común a las burguesías de las naciones oprimidas y a sus apoyos sociales, o para atemorizarlas e incluso golpearlas duramente. Es desde la identidad española de ambos paradigmas sobre sus divergencias sociales y clasistas, como comprendemos las oscilaciones entre lemas aparentemente antagónicos en lo adjetivo pero idénticos en lo sustantivo como "Antes una España roja que rota" y "Antes una España azul que rota".
5. FUNCIÓN REACCIONARIA DEL PARADIGMA ESPAÑOLISTA DE IZQUIERDAS
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